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Confesiones íntimas

Nostalgia de mis piernas morenas

Catalina Patiño 8 agosto, 2015


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Llevaba un vestido corto y pegadito al cuerpo, uno de esos harapos que sólo se encuentran en Emmaus, pero que a ella le lucía. Su piel, brillante y humectada por el sudor, respondía con decoro al calor canicular del verano. No se podía decir lo mismo de los otros pasajeros de la cabina, que cuanto más sudaban, más refunfuñones y llorones se ponían. Delgada, su cuerpo firme poseía el percudido propio de las trigueñas que se exponen al sol. Su maquillaje colorido y algo corrido, sus candongas plateadas además de sus sandalias altas, me recordaban las llaneras que, con la misma pinta, salían en plena resolana al mercado sin que el bochorno las incomodara. Ellas no necesitaban ni de río ni de piscina para soportar el calor de esas tierras.\r\n\r\nMe senté frente a ella porque me fascinó la viveza de su porte, tan diferente al de todas las mujeres que veía a diario. Sus piernas, a pesar de haber recorrido el mundo por más de treinta años, me recordaban las mías cuando apenas era una adolescente. Sentí nostalgia. Hipnotizada, mis ojos no podían desprenderse de ellas y, cada vez que buscaba apartarlas de mi vista, mi estómago se retorcía. No podía dejar de admirarlas. Sentí que me pertenecían. Mi mente ansiosa por encontrar la imagen de aquellas piernas entabló una búsqueda desenfrenada entre mis recuerdos. De repente, en un destello de lucidez, las reconocí. Eran las mías. Eran mis piernas. Llevaba quince años sin verlas y ahora, me topaba con ellas en un tren alsaciano. Habían crecido y sus músculos se habían fortalecido. Radiantes, erguían esos moretones que tanto odiaba porque daban a la piel, sobretodo a la parte de las rodillas, un aspecto mugroso. Soberbias, me seducían porque sabían que no podía hacerles daño. Esta vez, estaban protegidas y no podía acercarme a ellas. Sentía que me odiaban y tenían razón. Yo siempre las había rechazado y escondido detrás de mis pantalones. Sólo las destapaba cuando salíamos de Bogotá a zonas tan ardientes que el sol picado las liberaba de su encierro. Odiaba mostrarlas. No soportaba lo feas que eran. Sin embargo, ahora que las tenía en frente, una tristeza con aires de melancolía apretaba mi corazón. Comprendí que nunca había apreciado su verdadera belleza. Al verlas tan maduras y adornadas de esos rasgos que yo tanto detestaba, sentí que las amaba. En el fondo, sabía que no volvería a tenerlas pero, esta vez deseaba guardar, al menos, un hermoso recuerdo.\r\n\r\nSaqué mi cámara y pedí a los demás pasajeros del compartimento que me dejaran tomarles unas fotos para enviárselas de regalo a mi mamá que nunca había venido a Europa ni viajado en tren. Los retraté uno a uno y, por último, intenté capturar mis piernas pero, el miedo de ser descubierta y juzgada por este acto inapropiado me paralizó. Pensé que si les disparaba, por venganza o rencor, serían ellas mismas las que me delatarían. El trayecto sólo duró media hora. Al bajar del tren en Estrasburgo, salí empujando a la gente para alcanzarlas pero, no logré sacarles una buena foto. Las ví alejarse felices llevando con ellas su autenticidad.\r\n\r\nMe quedé pasmada un buen rato mirando hacia abajo. Pensé en ellas con rabia por lo horrorosas que eran, y a la vez con tristeza, porque me recordaron la relación conflictiva con mi mamá en la adolescencia. Levanté la cabeza, y despidiéndome, las dejé ir. ¡Adiós piernas peludas! ¡Adiós percudido y moretones! Volví a mirar hacia abajo. Esta vez, aprecié la hermosura de mis piernas lampiñas y blancuzcas por tanto invierno. Sonriente, les prometí una depilada anticipada al llegar a casa.\r\n\r\n Ahora también puedes seguir C’est la Cata! en Bloglovin

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Catalina Patiño

Optimiste, je poursuis mon chemin :)

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