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Yoga

Karma yoga volunteer, mi experiencia

Catalina Patiño 25 julio, 2016 4


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Empaqué mi maleta, le zampé un beso a mi marido y le dije que nos veríamos en cinco semanas si ningún otro plan se interponía. Él sonrió. Sabía que no regresaría en meses. Esta vez, iba rumbo a Portugal a trabajar como voluntaria en un retiro de yoga de unos ingleses. Mi madre, me felicitó por las libertades que me otorgaba. A ella le hubiera encantado dejar a su marido botado más de una vez pero la economía, la presión social y otras excusas le troncaron el camino. Llegué a una casa perdida en la cuenca de unas montañas portuguesas donde un inglés se descosía en sonrisas para darme la bienvenida. En seguida, el chef me propuso un delantal de cocina de esos que, al amarrarlo a la cintura, resalta las protuberancias del vientre y que, además, toca anudar al cuello cuando se carece de busto. Escogí uno que, por el estampado, no me perjudicaba tanto al disimular pliegues y nudos. Al ponérmelo, entendí que preferiría satisfacer las necesidades de los demás antes de interponer las mías en esas fachas. Me consolaba pensar que mi corazón se purificaría al practicar karma yoga como lo dice la tradición. No sólo debía llevar el delantal, sino también pelar papás, cortar verduras y lavar platos. A cambio, recibiría clases de yoga, comida y alojamiento gratis. El puesto de “karma yoga volunteer” sonaba perfecto de no ser por la variable kármica que adultera la experiencia de cada voluntario.

La variante kármica del voluntariado

Para aplicar al voluntariado, leí un pdf de quince páginas que detallaba la misión. Retoqué mi cv para ajustarlo al puesto y escribí una carta motivación. De mis vidas pasadas debo arrastrar la incapacidad de conectar informaciones con la realidad ya que nunca capté en qué consistía el trabajo. De saberlo, jamás me hubiera dejado embaucar por el videíto de presentación del sitio. Supongo que el Mister me lo explicó todo durante la entrevista por skype pero, entre su acento y habladera, al cabo de diez minutos yo ya había desconectado. Sabía que iría sin importar las condiciones. Solo recuerdo que enumeró una serie de advertencias para disuadirme de ir. El quería asegurarse de mi capacidad para vivir y trabajar en arduas condiciones. Cada vez que pronunciaba la palabra “warning” acompañada de un número, yo asentía fingiendo haber entendido. Al final, lo convencí de mi tesón con un “tranquilo papito que yo crecí en Colombia” como si viniera de la jungla y pudiera adaptarme a cualquier situación.

Al llegar al sitio y vestir el delantal, entendí que el karma había jugado con mi percepción porque consciente jamás hubiera aceptado ser asistente de cocina. Detesto la cocina. Además, mi karma había dictaminado que la purificación del alma pasaría por el sacrificio del cuerpo. Me tajé los dedos varias veces al cortar pan y vegetales. Me quemé manos y codos con el horno. Me hernié los brazos alzando ollas y sartenes calientes. Sin contar con que dormíamos en una casita rústica donde ni siquiera la ubicuidad de la virgen de Fátima que se manifestaba en cada muro, menguaba la humedad del sitio. La otra voluntaria vivía fascinada con la precariedad del lugar y el aprendizaje en cocina. Tal vez, las acciones virtuosas de su pasado le interponían un filtro que exaltaba la realidad. Yo me cuestionaba sobre la causa-efecto de las mías porque no lograba tener el mismo nivel de trastorno que ella. Mi visión se ceñía a lo único que había retino de la descripción del voluntariado : realizar un trabajo desinteresado en el que las necesidades de los demás pesaban más que las mías. Así que no me deslumbré ni con la cocina ni con la casa donde vivíamos pero, siempre estuve invadida por un sentimiento de paz. Concluí que para estar tan obnubilada como ella, tendría que haber crecido en Australia y descender de Irlandeses.

El valle encantado

Durante cinco semanas, permanecimos ancladas en un mundo paralelo donde escaseaba intimidad y conexión a Internet. Cada domingo recibíamos un nuevo grupo de “invitados” que venían para desconectar de la rutina. Yoga, comida vegetariana y masajes reavivaban el cuerpo y la mente de estos europeos del norte. El valle protegía sus corazones derrumbando los muros que los rodeaban y nuevas amistades surgían. Cada persona del equipo ayudaba a crear un ambiente propicio a la relajación. Para nosotros, los trabajadores, el valle podía convertirse en un encierro paradisíaco en el cual pasiones, decepciones y placeres se desataban. Para apaciguar la fogosidad, el equipo solía renovarse al cabo de ciertas semanas y por lo general, preferían que los voluntarios fueran pareja.

Fuera de los retiros de yoga, tuvimos por dos semanas un grupo de iniciación al Kambo, una sustancia curativa secretada por un sapo. Desde la cocina infestada del hedor de palo santo, escuchamos las expulsiones violentas y esporádicas de los cuerpos en proceso de sanación. Aprovechamos del delirio amazónico para probar cuanta medicina ancestral nos proponían. Con los ojos bien abiertos, recibí unas gotas de Sananga que me harían ver más allá del velo de la consciencia. Mis ojos ardieron de dolor mientras que mis pupilas se dilataban bajo la presión de los párpados que luchaban por extraer el líquido. Mi tercer ojo nunca se abrió pero, a cambio, secreté lagañas espesas durante varios días al levantarme. También, me soplaron un rape que trepó por mis fosas nasales hasta estrellarse con mi cerebro. Lloriqueé, cerré la garganta y expulsé el aire de mis pulmones para evacuar la acerbidad del polvo. La cabeza me retumbó un largo rato antes de caer en un estado de cansancio existencial. Aunque no aprecié mucho estas dos medicinas, terminé metida en una ceremonia Ayahuasca en Barcelona.

¿Qué me dejó este voluntariado?

Uñas sucias de pelar papas, manos impregnadas de cebolla y ajo, y la cara distendida de tanto sonreír. El voluntariado dejó marcas en mi cuerpo para que yo recordara las enseñanzas del karma yoga. Al partir de  casa, llevé conmigo una bolsita llena de preguntas sobre mi vida. En el valle, conocí personas que me empujaron a abrir mi corazón. Aprendí a dejarme llevar por mi energía interior y a no escuchar mi mente. Entendí que tenía algunas ideas falsas sobre quién era y lo que quería. Supe que merecía ser feliz y que debía perdonarme por los errores del pasado. En definitiva, volví a creer en mí.

Quisiera adoptar a diario la actitud de desapego que enseña la práctica del karma yoga. Cuando se realizan acciones de forma desinteresada, el ego se debilita generando un estado de serenidad. Me deshice de buena parte de mi melancolía.  Dejé de lado el sufrimiento y observé con tranquilidad el espacio. Me enamoré de nuevo y agradecí no haber entendido que trabajaría en cocina. La pareja que fundó este pequeño paraíso le abre las puertas cada año a varios voluntarios que, a cambio de horas de trabajo desinteresado, pueden practicar yoga y tal vez conocerse mejor. Mi experiencia me ofreció las respuestas que andaba buscando. Hice nuevos amigos con los que pude disfrutar del vino y la cerveza portuguesa.¡Gracias Vale de Moses!

Informaciones sobre el voluntario

  • Lugar : Vale de Moses en Amieira, Portugal
  • Temporada de trabajo : de marzo a noviembre
  • Mes para enviar tu candidatura : enero
  • Duración del voluntariado : 5 semanas
  • Propietarios : Andrew & Vonetta Winter
  • Lo que toca empacar : ¡LA ACTITUD!

Debes primero escribir un email a Andrew para decirle porqué quieres ser voluntario. Él te responderá y te indicará el proceso a seguir.

El videíto de presentación

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Catalina Patiño

Optimiste, je poursuis mon chemin :)

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