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Confesiones íntimas

Destello de esperanza

Catalina Patiño 9 septiembre, 2015 1


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—Míreme, ¿Qué ve? —me preguntó entusiasmada gesticulando con sus manos—.¡Fíjese bien! Mire mis manos, mi cuerpo, mi pelo, mis ojos y hasta mi alma. ¿Ahora dígame qué ve?\r\n\r\nMe quedé callada. No tenía ni idea a lo que se refería pero, por la viveza de su tono, supe que se trataba de algo muy evidente. Quise decir que veía una mamá realizada, una buena amiga, una emprendedora… pero, la respuesta debía de ser muchísimo más simple. A través de la niebla verdosa del pub, entreví la silueta de su busto sin encontrar el mínimo indicio. Impaciente, me lanzó una última mirada interrogativa que extrajo de mi boca un sonido escueto.\r\n\r\n—Hum…\r\n\r\nComplacida, asintió con la cabeza. Y, como recargada por mi corta intervención, retomó con euforia la palabra.\r\n\r\n—Claro, es tan obvio que algunos no lo ven… ¡Soy negra! ¡Una mujer negra! ¡Negrísima! —me dijo ella orgullosa. Luego levantó las manos, y con vigor las introdujo en su afro, despeinándolo y haciendo resaltar su grandeza y naturalidad.\r\n\r\nSonreí algo apenada, porque a pesar de que éramos amigas desde hacía más de siete años, jamás había notado el color de su piel. Tal vez acostumbrada a la conveniente neutralidad social que desvanece nuestros propios rasgos de riqueza, acogió con afecto mi aflicción y continuó con la misma desenvoltura su discurso.\r\n\r\n—Mire, soy negra y hoy, estamos sentadas las dos en el mismo bar tomándonos una cerveza. Esta situación no tiene nada de particular, ¿no? Pero, hace unos ciento cincuenta años, y en ciertas partes del mundo, sí que lo era. Piense en la reacción general de los blancos en aquellas épocas: “Yo, sentarme junto a un negro,¡jamás!”. Y es que nosotros, los negros, no éramos considerados como seres humanos —se detuvo un instante para acariciar sus brazos, como queriendo apaciguar el gélido miedo que erizaba su cuerpo. Consciente de cada poro de su piel, levantó la cabeza y me sonrió –… Pero, las cosas cambiaron porque hubo gente que advirtió la evidencia. Imagínese, ¿cómo se sintió aquel individuo blanco que creyó en nuestros derechos? Muy solo… Pocos pensaban como él. Sin embargo, otros reaccionaron e impulsaron la sociedad hacia el respeto. Y, ¿ya ve? Funcionó. Evolucionamos.\r\n\r\nTenía razón. Transponer lo adquirido en el pasado a nuestro presente era valorarlo. Ella encarnaba la certeza de que siempre se avanzaría en favor de la humanidad. Yo, por el  contrario, no veía salida al profundo hueco en el que estábamos hundidos y cavando desde hacía años. No percibía ninguna humanidad ni respeto. Las calles estaban cundidas de gente malgeniada que transitaba con apuro para ser la primera en llegar a una de las jaulas en las que se confina a diario.\r\n\r\n–¡Entonces, nosotras cambiaremos el mundo!–dije llena de inocencia. Este súbito optimismo me tomó por sorpresa. Mi subconsciente se había dejado embaucar por el tono de su voz y la perspectiva de su argumento y, había fallado a su favor.\r\n\r\n–¡No! ¿Cómo crees? ¡Nosotras con treinta años ya no veremos mayor cosa! –mi cara de frustración y de tristeza la conmovió– Pero, nuestros hijos o nietos cosecharán los frutos de nuestra implicación… y, por ellos,¡vale la pena actuar!\r\n\r\n–¡Qué hijos! – le dije irritada. No pude contener mi exasperación. Cuando por fin lograba ver un destello de esperanza, ella lo destrozaba con la clásica retórica de la procreación. En mi interior, dos fuerzas opuestas luchaban por coronar mi espíritu. Al final, la desilusión arremetió contra la frágil esperanza dejándola casi sin aliento –¡Yo no quiero traer hijos a este mundo! ¡No ve que está patasarriba!\r\n\r\nMi reacción desmesurada no parecía perturbar su sosegada armonía mental. Ella poseía la sabiduría de quién ha sido retado varias veces sobre la solidez de sus ideales. Apacible y rodeada de una energía colorida, me ofreció una mirada llena de bondad antes de continuar.\r\n\r\n– Por eso mismo debemos tener hijos, para seguir creyendo en el mundo y comprometernos con él. Hemos atestado cambios impensables desde hace siglos, y no hay razón para que no sigan ocurriendo. ¿Quién hubiera imaginado que nosotras, las mujeres, algún día podríamos votar, crear empresas o salir a un bar? Nadie. Entonces, somos nosotras ahora quienes debemos fructificar los derechos recibidos. Estoy convencida que nuestra audacia y creatividad harán de este mundo un lugar más humano. —Aprovechó el último campanazo para terminar su cerveza y pedir otra. Su rostro lucía la serenidad de haber transmitido una sólida convicción—. De mi legado, quiero rescatar la voluntad de actuar en favor de la humanidad.\r\n\r\nSus palabras habían tocado algo muy profundo en mí. Algo que llevaba años intentando manifestarse, pero que mi incapacidad por apreciar la belleza del mundo  había sofocado. Mi mente recuperaba, en cada uno de sus compartimentos, los fragmentos de aquella esperanza que había estallado por la presión de viejos rencores. Aunque se trataba de un montaña de desechos, la esencia se mantenía intacta. Como si hubiese descifrado este proceso, ella tomó con cariño mi mano.\r\n\r\n—Conserve la esperanza que en ciento cincuenta años dirán “Comer animales, jamás!”.\r\n\r\nAhora también puedes seguir C’est la Cata! en Bloglovin

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Catalina Patiño

Optimiste, je poursuis mon chemin :)

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