Hacendosa y servicial, la historia de mi educación sexual

Tendría unos seis años cuando mi abuela entró al baño sin tocar a la puerta y por el grito ahogado que pegó supe que algo estaba mal. Inspeccioné rápidamente mi cuerpo, el baldonsín de la ducha y el océano que había creado entre mis piernas para entender la razón de su enfado. Pensé que estaba molesta por el desperdicio de agua que había generado con mi mundo acuático pero ella no podía verlo a través de la mampara rugosa de la ducha. De una voz seca, me ordenó que me me cubriera el cuerpo y no esperó a que saliera de la ducha para inculcarme los valores de una verdadera mujer. Para evitar ir al infierno, una mujer debe bañarse con calzones. Además debe siempre comportarse con recato y pulcritud. Nada de tener noviecitos ni de andar dándole besos a cualquiera. Una verdadera mujer se casa y se dedica de lleno a su marido e hijos. Se encarga de las labores del hogar. Y, duerme en posición opuesta a la de su esposo: pies del hombre hacia la cara de la mujer y no precisamente para hacer un sesenta y nueve. Con este discurso de bienvenida, inicié el entrenamiento a la mujer ideal.

Durante todos los veranos de mi infancia, pasé mis días haciendo quehaceres domésticos y rezando el rosario todas las tardes. Al ver que mi hermano jugaba mientras yo fregaba, me opuse al régimen. No lavaría un solo plato sin que él lo hiciera antes. Aun cuando un verdadero hombre no debe hacer ninguna labor de hogar, mi hermano tuvo que rendirle tributo al trapero y a la esponja para evitar una guerra conmigo. De la formación, él se graduó con honores mientras que yo reprobé por altanera. A pesar de la cantaleta de mi abuela y de las amenazas de terminar en el infierno, no dejé de ducharme desnuda dejando mis calzones desparramados en la ducha. Además, suspendí la asignatura belleza y elegancia al no aceptar enperifollarme para salir a hacer la compra. Me aterraba pensar que fuera cierto que el amor de la mujer hacendosa se encontraba a la vuelta de la esquina. Si era para criar chinos y limpiar una casa, prefería quedarme con mi melena enredada y alborotada.

Durante mi adolescencia, la formación prosiguió con sermones sobre la epidemia del embarazo que acometía en su mayoría quinceañeras arruinando sus vidas – cada familia contaba una víctima. Si me salvaba del embarazo, contraería entonces una enfermedad de transmisión sexual o algún hombre se aprovecharía de mi para robarme la virginidad. En esta fase de la formación obtuve mejores resultados ya que evité todo tipo de relación hasta mis veintiún años. A pesar de los esfuerzos de mi abuela por educar una verdadera mujer, la última vez que nos vimos los resultados fueron desoladores. Esta vez, al entrar a la cocina pegó un grito al ver que mi marido lavaba los platos mientras que yo tomaba el café con las otras mujeres de la casa. Nunca me peiné (bueno, hasta que mi compañera del voluntariado me explicara que debía hacerlo para que me creciera el pelo) y con treintaiún años, aún no me he reproducido.

— Mi hijita no entiendo, ¿qué paso?—me preguntó un día mi abuela cuando practicaba yoga en el corredor de su casa.

— Pues abuelita, durmiendo en posición opuesta es muy difícil la reproducción.

La ilustración de la portada fue realizada por Ana Paola Castro de estudiopicaflor, una nueva colaboradora de este blog :)

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