Copa menstrual, del reguero a la succión

Copa menstrual Blog c'est la cata!

Según los que la comercializan, la copa menstrual es lo último en guarachas: segura, moderna, fácil, ecológica, económica e higiénica. Mejor dicho, le va cambiar la vida y usted sigue ahí como si nada utilizando métodos obsoletos que huelen maluco. Con tantas virtudes, ¿quién se resiste a esta maravillosa copa menstrual? Muchas mujeres. Personalmente, no conozco la primera que en nombre de la ecología, le abra las piernas a la copita o que, al menos, no pongan cara de asco cada vez que se la nombran. Dispuesta a comprobar los beneficios de esta protección le pedí una amiga que me la regalara para mis treinta.\r\n

Una protección práctica para viajar

\r\nSupe de la existencia de esta protección leyendo el blog de una trotamundos que la recomendaba para viajar por su facilidad de empleo. Yo me quedé boquiabierta pensado cómo carajos usted hace para vaciarla, lavarla y volvérsela a poner en el baño de un avión, tren o bus. Claro, esto suponiendo que usted recorre lugares que ofrecen ciertas facilidades. Imagínese que usted viaja por sitios donde hay escasez de agua como en la casa de mi abuela. A esta señora, le daría un paro cardiaco si me ve enjuagando la copita en el lavadero de la alberca, donde se almacena el agua de toda la casa antes de ser bombeada a los tanques y distribuida por los grifos : “¡Ni de fundas Catalina! ¿Cómo se le ocurre limpiar esa copa en el lavadero? ¡Ayyy no, no, no, mijita, no ve que esa es el agua que se usa para cocinar! Catica, por favor, ¡sea pulcra!”. Para evitar la cantaleta me tocaría lavarla en cuatro patas con una totuma en el patio, mientras espanto al perro: “¡sí, muy práctica la copita pero demasiado moderna!”. Lo ideal sería coger una botella de agua al momento de cambiarla para no desperdiciar. Sin embargo, el gasto seguiría siendo considerable porque, al desocupar la copita, el concentrado es tal que toca descargar dos veces la cisterna y ahí sí quién se aguanta a mi abuela: “Catalina, mijita, ¿qué está haciendo? Por favor, considere que sus primos aún no se han bañado”. Así que antes de viajar con la copa, decidí entrenarme en circunstancias más usuales de mi cotidiano.\r\n

La copa ideal para trabajar

\r\nYo me la puse para trabajar porque, según lo que había leído, la copita podía retener el flujo del día y ser desocupada en la noche. Sin embargo, una gota derramó la copa y tuve que acudir in extremis a los baños públicos para extraerla, limpiarla y volverla a introducir. Al llegar a ellos me topé de frente con las inquilinas de turno que, entre maquillaje y Corín Tellado, chequean de reojo lo que las demás hacían en los lavabos. Mis músculos se crisparon de pensar que ellas verían correr de entre mis manos un agua rojiza en vez de jabón espumoso. Con tanta presión, mi vagina se contrajo y la copa se aferró a las paredes “¡Mierda! Y ahora, ¿cómo me saco esta vaina? ¿Donde está el tallo pa’ jalarla! ¡Ahhhhh, sí muy prácticaaaa! Bueno, Catalina, ¡ya calmese! Y, puje que no queda de otra. ¡Uff,casi no sale!” Claro con ese tejemaneje salpiqué todo el baño. A punta de papel higiénico me tocó limpiar la escena del crimen. Exhausta, con una sonrisita y disimulando la copa entre mis manos, la lave rápidamente antes de introducirla de nuevo. Abrí las piernas, respire profundo para relajar el cuerpo y doblándola como pude me la volví a meter. Verifiqué que estuviera bien abierta girándola un poco con mis dedos. Después de quince minutos de lidiar con la verraca copa, salí del baño con la esperanza de no volverla a ver en horas. Sin embargo, nunca logré posicionarla correctamente porque mi vagina nostálgica de sus tampones le impedía generar el efecto de succión al obstruir su despliegue. Obstinada con dominar la dichosa copa “¡porque, a mí, esto no me va quedar grande!”, persistí en ponérmela durante varios ciclos. Los resultados fueron desoladores: mucho reguero y poca succión. Yo pensaba que me bastaría con un ciclo para aprender a usarla sobre todo que llevo años metiéndome tampones sin aplicador. Pero resultó que mi vagina no retenía en su memoria ni la posición ni la apertura de la copa y mis dedos me engañaban asegurándome que había quedado bien acomodada. Mi falta de práctica anulaba entonces sus beneficios ecológicos porque, para no terminar con un pegote en el pantalón, me tocaba acudir a los protectores diarios. A pesar de no ser muy cómoda al insertarse ni al extraerse, me había empecinado con adoptarla porque finalmente me parecía más higiénica en términos de olores. Aprendiéndola a usar, me di cuenta que generaba menos desechos y ahorraba unos euritos. Además, podía estar más tranquila porque ya no tenía que lidiar con la ruptura de stock de tampones en mi cartera. Pero, contrariamente a lo que había visto en Internet, no pareció que la protección fuera la más fácil y cómoda del mundo.\r\n\r\nDudo que este método sea adoptado por mujeres que usan toallas higiénicas, tampones con aplicador o simplemente que les de asco untarse un poquito los dedos. Tampoco creo que el argumento ecológico de contribuir a reducir los desechos sea suficiente para incitarlas al cambio, sobre todo si se ven confrontadas a lavarla en espacios públicos. Economizarse 420 euros en 10 años, no creo que haga la diferencia. Además, corren el riesgo de vivir situaciones incómodas. La copita se le puede resbalar de las manos y terminar nadando en la taza como ya le ha sucedido con el celular. No les cuento lo agradable que es la pesca. Tal vez, ahora que el síndrome de shock tóxico TSS relacionado con el uso del tampón se dio a conocer por la pérdida de la pierna de Lauren Wasser, las mujeres opten por métodos más seguros como la copa menstrual o el libre sangrado (free flow instinct ). Lo cierto es que adoptar la copa menstrual requiere de paciencia en momentos hormonales difíciles.

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