Al que no madruga, ¿quién lo ayuda?

Al que madruga, ¿quien le ayuda?

Madrugar. Saltar de la cama temprano. Meditar. Trotar. Bañarse. Vestirse tranquilamente. Tomar un desayuno equilibrado. Leer las noticias. Salir con una sonrisa radiante. Esta es la rutina de la gente exitosa. De aquellos que apenas suena la alarma, se levantan de la cama con el gusto de saber que un nuevo día lleno de oportunidades empieza. ¡Gloria, fama y fortuna a los bienaventurados madrugadores! A los otros, que sagradamente respetamos los eternos “cinco minuticos más”, nos presagian ¡desdicha, adversidad e infortunio!\r\n\r\nParece que despertarse tarde rima con holgazanería a tal punto que las divinidades nos deniegan su amparo. Y, es que vivimos, a diario, un infierno. Cada mañana, hacemos varias veces la rutina del madrugador sin obtener ningún resultado favorable. Hasta que nuestro subconsciente nos advierte con un baldado de agua fría la angustiosa realidad: “¡Mierda, voy tarde! Y, yo que ya me había bañado y vestido unas seis veces! ¡Con razón, no encontraba las llaves! ¡Que piedra, era una pesadilla!”. Nuestra existencia se rige por ciclos de intensa lucha y de total abandono que, a pesar de ser opuestos, nos dejan igual de agotados.\r\n

Madrugar, de la lucha al abandono

\r\nAtormentados por nuestra innata incapacidad a levantarnos temprano, decidimos seguir las recomendaciones de quienes ya dominan este arte. Estas técnicas resultan ser igual de infructuosas que las dietas : las horas que madrugamos los primeros días son descontadas con altos intereses al primer descuido. Así es que de un despertar a las  9 am, se pasa a un madrugón de 6 am. Confiados, nos dejamos llevar por la emoción y, sin darnos cuenta en menos de una semana, terminamos despertándonos al mediodía. Tocamos fondo. A veces, pienso que estos métodos hacen parte de una conspiración de los madrugadores que, para elogiar su grandeza, se nutren de nuestros penosos resultados. Desalentada, bajo los brazos y el manto de malos augurios me convierte en una perezosa. Entonces, el ciclo del abandono da sus primeros campanazos.\r\n\r\nDurante meses, me conformo a la imágen de una mujer relajada que degustaba sus levantadas tardías. Un ritmo natural se pone en marcha y mis días, a pesar de no seguir los horarios convencionales, resultan bastante productivos. Satisfecha, asumo con dignidad mi esencia, sin que las opiniones de los madrugadores me afecten “Levántese temprano, deje la pereza!”. Sin embargo, parte de mí ha sido domesticada con ese bendito refrán de: “el que madruga, Dios le ayuda”. Entonces, cada vez que me otorgo unas horitas de procrastinación frente a series americanas, una vocecita juzga mi pasividad imputándola a mi flojera matutina.  Si estoy pasando por uno de esos momentos difíciles, en los que estoy pasando una crisis existencial y no sé que hacer con mi vida, entonces el sentimiento de culpabilidad me carcome. A regañadientes, resuelvo emprender el régimen de madrugar, aunque el cuerpo se resista. En el fondo, sé que la hora de despertarse no influencia en nada la capacidad de alcanzar el éxito.\r\n

Al que no madruga, nadie lo escuda

\r\nMás que un despertador, se necesita disciplina, rigor y determinación para escalar diariamente los peldaños que nos llevarán a nuestra meta. Algunos pasos cuestan más que otros por eso, a veces, mantener el optimismo resulta complicado. Tal vez, la fórmula sea amenizar cada instante de nuestra travesía con pequeños placeres propios a cada uno, como salir a trotar a las 6 am o quedarse pegado a las sabanas hasta las 10 am. Madrugar puede favorecer algunos a lograr sus sueños, mientras que a otros nos sumerge en un estado de somnolencia poco fértil a la realización de cualquier actividad, que no sea parquearse frente una taza café durante horas. A final del día, lo que cuenta no es la hora a la que uno salió de la cama, sino cómo se aprovechó la jornada.  Honrar cada minuto en el que se está despierto para cumplir objetivos, crear proyectos y generar buena vibra. Probablemente, aún estemos lejos de ver surgir apologías sobre  las virtudes de los “que se nos pegan las cobijas” con titulares llamativos como  “Levantarse tarde es el camino directo al éxito”. Mientras tanto, nosotros seguiremos trepando montañas sin esperar elogios populares.

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